Diario de Wilm Hosenfeld

18 de enero de 1942

La Revolución Nacionalsocialista parece falta de entusiasmo en todos sus aspectos. La Historia
nos habla de hechos espantosos y barbaridades terribles durante la Revolución Francesa. También la
Revolución Bolchevique consintió que se perpetraran atrocidades horribles contra la clase dominante,
dictadas por los malos instintos de seres infrahumanos llenos de odio. Aunque condenemos y
deploremos tales acciones desde un punto de vista humano, no podemos dejar de reconocer su
carácter incondicional, implacable e irrevocable. No hubo acuerdos, componendas ni concesiones.
Esos revolucionarios hicieron lo que hicieron con total entusiasmo y resolución, sin atender a
cuestiones de conciencia, moralidad o costumbre. Tanto jacobinos como bolcheviques dieron muerte a
las clases dominantes y ejecutaron a la familia real. Rompieron con el cristianismo y lo combatieron,
decididos a borrarlo de la faz de la tierra. Consiguieron hacer participar al pueblo en guerras nacionales
libradas con energía y entusiasmo: las guerras revolucionarias del pasado, la actual contra Alemania.
Sus teorías e ideas revolucionarias ejercieron una influencia enorme más allá de las fronteras de su
país.
Los métodos de los nacionalsocialistas son diferentes, pero en esencia persiguen una sola idea:
el exterminio y la aniquilación de quienes piensan de modo diferente. De vez en cuando se fusila a
cierto número de alemanes, pero se echa tierra sobre el asunto y no se hace de conocimiento público.
Se encierra a otras personas en campos de concentración, donde se consumen y mueren. Pero no
llega a oídos del público. Si se va a detener a enemigos del Estado hay que tener el valor de acusarlos
públicamente y entregarlos a la justicia.
Por un lado se alían con las clases dominantes del capital y la industria, y apoyan los principios
capitalistas, pero por el otro predican el socialismo. Se declaran a favor del derecho a la libertad
personal y religiosa, pero destruyen las iglesias cristianas y libran contra ellas una guerra secreta.
Hablan de los derechos de quienes están dotados de aptitudes a desarrollarlas en libertad, pero hacen
que todo dependa de la pertenencia al Partido. Ni siquiera los más capaces y brillantes son tenidos en
cuenta si permanecen fuera del Partido. Hitler dice ofrecer la paz mundial, pero al mismo tiempo se
arma de una manera preocupante. Afirma ante el mundo que no tiene intención de incorporar otras
naciones a los estados alemanes ni de negarles el derecho a la soberanía pero, ¿qué ocurre con los
checos, los polacos y los serbios? Especialmente en Polonia, tal vez no era necesario despojar a una
nación de la soberanía sobre su área independiente de asentamiento.
Pero fijémonos en los propios militantes y veamos hasta qué punto viven en realidad los
principios nacionalsocialistas; por ejemplo, en cuanto a la idea de que el bien común está antes que el
individual. Piden a la gente normal que observe ese principio pero no tienen intención de seguirlo ellos.
¿Quién se enfrenta al enemigo? El pueblo, no el Partido. Ahora están llamando a los enfermos a servir
en el ejército, mientras que en la policía y las oficinas del Partido vemos trabajando a hombres jóvenes
y sanos. ¿Por qué están exentos?
Se incautan de propiedades judías para disfrutarlas ellos. Ahora los polacos y los judíos no
tienen qué comer, viven en la necesidad, mueren de frío, y los nacionalsocialistas no encuentran nada
malo en quitárselo todo.

Varsovia, 17 de abril de 1942

He pasado unos días tranquilos aquí, en el Colegio de Educación Física Apenas percibo la
guerra, pero no puedo sentirme feliz. De vez en cuando llega algo a mis oídos. Aquí las noticias están
constituidas por lo que ocurre detrás de la primera línea: tiroteos, accidentes, etcétera. En
Lietzmannstadt [Lodz] fueron asesinadas cien personas —ejecutadas a pesar de ser inocentes—
porque unos bandidos habían disparado contra tres oficiales de policía. Otro tanto ha ocurrido en
Varsovia. La consecuencia es que no se provoca pánico y terror, sino amarga determinación, cólera y
aumento del fanatismo. En el puente de Praga dos chicos de las Juventudes Hitlerianas estaban
molestando a un polaco y, cuando éste se defendió, llamaron en su ayuda a un policía alemán. Acto
seguido, el polaco mató a tiros a los tres. Un gran coche militar arrolló a un rickshaw con tres personas
en la plaza donde está Correos. El conductor del rickshaw murió en el acto. El coche siguió adelante,
arrastrando debajo al rickshaw, en el que todavía quedaba un pasajero. Se agolpó mucha gente, pero
el coche siguió su marcha. Un alemán intentó detenerlo. Luego el rickshaw se enganchó en las ruedas
del coche y éste tuvo que parar. Los hombres que iban en él se bajaron para apartar el rickshaw y
siguieron adelante.
Algunos polacos de Zakopane no entregaron sus esquís. Se registraron las casas y doscientos
cuarenta hombres fueron enviados a Auschwitz, el temido campo de concentración del este. En
él la Gestapo tortura a la gente hasta matarla. Condujeron a los infortunados a una celda y
acabaron con ellos gaseándolos. La gente es golpeada salvajemente durante los interrogatorios. Y hay
celdas de tortura especiales; por ejemplo, una en la que la víctima, atada por las manos y los brazos a
un poste que luego se levanta, permanece colgada hasta quedar inconsciente. También ponen a la
víctima en un cajón en el que sólo cabe en cuclillas, y la dejan allí hasta que pierde la conciencia. ¿Qué
otras cosas diabólicas han ideado? ¿Cuántos inocentes hay en sus prisiones? La comida escasea
cada día más; el hambre crece en Varsovia.

Tomaszów, 26 de junio de 1942

Oigo música de órgano y cánticos procedentes de la iglesia católica. Entro; ante el altar hay
niños de blanco que toman la primera comunión. La iglesia está llena de gente. Acaban de cantar el
Tantum ergo y están dando la bendición. Dejo que el sacerdote me bendiga también a mí. Niños
inocentes en una ciudad polaca, en una ciudad alemana o en algún otro país, que rezan todos a Dios y
que en unos pocos años estarán luchando y matándose con odio ciego. Incluso hace siglos, cuando las
naciones eran más religiosas y llamaban a sus gobernantes reyes cristianos, ocurría lo mismo que hoy,
cuando la gente se aparta del cristianismo. La humanidad parece más predestinada al mal que al bien.
El ideal máximo en la tierra es el amor entre los seres humanos.

Varsovia, 23 de julio de 1942

Leyendo los periódicos y escuchando las noticias de la radio se podría pensar que todo va muy
bien, la paz está asegurada, la guerra ya se ha ganado y el futuro del pueblo alemán está lleno de
esperanza. Sin embargo, me resulta imposible creerlo, aunque sólo sea porque, a la larga, la injusticia
no puede prevalecer, y la forma en que los alemanes gobiernan los países que han conquistado está
condenada a provocar resistencia tarde o temprano. Basta ver la situación aquí en Polonia, y eso que
no me entero de mucho de lo que ocurre porque nos cuentan muy poco. Pero, en cualquier caso, con
todas las observaciones, conversaciones e información que nos llegan todos los días, podemos
formarnos una imagen clara. Si los métodos de administración y gobierno, la opresión de la gente del
país y las operaciones de la Gestapo revisten aquí especial brutalidad, supongo que en los demás
países conquistados ocurrirá más o menos lo mismo.
Aquí hay por todas partes miedo y terror declarados, empleo de la fuerza, detenciones. Todos
los días se apresa a gente para fusilarla. La vida de un ser humano, por no hablar de su libertad
personal, carece de importancia. Pero el amor a la libertad es innato en todos los seres humanos y
todas las naciones, y no se puede reprimir por mucho tiempo. La Historia nos enseña que la tiranía
nunca ha perdurado. Y ahora pesa sobre nuestra conciencia la terrible injusticia de asesinar a la
población judía. Hay aquí una operación en marcha para exterminar a los judíos. Tal ha sido siempre el
propósito de la administración civil alemana desde la ocupación de las regiones orientales, con ayuda
de la policía y la Gestapo, pero al parecer ahora se va a aplicar a una escala enorme, radical.
Nos llegan informes creíbles de fuentes de todo tipo que indican que se ha desalojado el gueto
de Lublin y se ha sacado de allí a los judíos, que éstos han sido asesinados en masa o conducidos a
los bosques, y que algunos de ellos han sido encarcelados en un campo. Gente de Lietzmannstadt y
Kutno dice que a los judíos —hombre, mujeres y niños— los envenenan en cámaras de gas móviles y
que a los muertos, despojados de sus ropas, los entierran en fosas comunes, mientras que la ropa se
envía a fábricas textiles para ser reprocesada. Se cuenta que allí se desarrollan escenas pavorosas.
Ahora los informes dicen que se está vaciando el gueto de Varsovia de la misma forma. Hay cerca de
cuatrocientas mil personas en él, y se usan para ese propósito batallones de policía ucranianos y
lituanos, en lugar de policía alemana. Cuesta creer todo esto e intento no hacerlo, no tanto porque me
preocupe el futuro de nuestra nación, que tendrá que pagar algún día esas monstruosidades, sino
porque no puedo creer que Hitler quiera una cosa semejante y que haya alemanes que puedan dar
órdenes así. Pero, en tal caso, sólo puede haber una explicación: son enfermos o anormales, o están
locos.

25 de julio de 1942

Si es cierto lo que dicen en la ciudad —y la información procede de fuentes fidedignas— no hay
ningún honor en ser oficial alemán y nadie puede aprobar lo que está ocurriendo. Pero no puedo
creerlo.
Dicen los rumores que van a sacar a treinta mil judíos del gueto esta semana y los van a enviar
hacia el este. A pesar de todo el secretismo, la gente dice que sabe lo que ocurre entonces: en algún
punto cerca de Lublin se han construido edificios con salas que se pueden calentar mediante corriente
eléctrica, como los crematorios. Se lleva a los infortunados a esas salas y allí son quemados vivos, y
todos los días se puede matar así a miles de personas, con lo que se evitan los inconvenientes de
fusilarlos, cavar fosas comunes y enterrarlos. La guillotina de la Revolución Francesa no admite
comparación y ni siquiera en los sótanos de la policía secreta rusa se han ideado métodos tan
elaborados de matanza en masa.
Pero con seguridad se trata de una locura. No es posible que sea así. Uno se pregunta por qué
no se defienden los judíos. Sin embargo, muchos de ellos, en realidad la mayoría, están tan debilitados
por el hambre y la miseria que no pueden ofrecer resistencia.

Varsovia, 13 de agosto de 1942

Un tendero polaco expulsado de Posen [Poznan] al comienzo de la guerra tiene un negocio aquí
en Varsovia. A menudo me vende fruta, verduras y otras cosas. Durante la primera Guerra Mundial
luchó como soldado alemán durante cuatro años en el frente occidental. Me enseñó su cartilla de
pagas. Tiene fuertes simpatías hacia los alemanes, pero es polaco y siempre lo será. Está
desesperado por las espantosas crueldades y la brutalidad bestial de lo que están haciendo los
alemanes en el gueto.
Uno no puede evitar preguntarse una y otra vez cómo puede haber tanta gentuza entre los
nuestros. ¿Es que han dejado salir a los criminales y a los lunáticos de cárceles y asilos, y los han
enviado aquí para que actúen como sabuesos? No, son personas de cierta relevancia dentro del
Estado quienes han enseñado a compatriotas en principio inofensivos a actuar así. El mal y la
brutalidad están al acecho en el corazón humano. Si se les permite desarrollarse libremente, prosperan
y echan terribles retoños, ideas como las que son necesarias para asesinar así a los judíos y los
polacos.
El tendero polaco del que hablo tiene conocidos judíos en el gueto y los visita a menudo. Dice
que las cosas allí son intolerables y tiene miedo de volver. Yendo por la calle en un rickshaw vio cómo
un hombre de la Gestapo obligó a entrar en el portal de un edificio a una serie de judíos, tanto hombres
como mujeres, y luego disparó al azar contra el grupo. Hubo diez personas muertas o heridas. Un
hombre salió corriendo y el agente de la Gestapo lo apuntó, pero la recámara de su pistola estaba
vacía. Los heridos murieron. Nadie los ayudó; a los médicos ya se los habían llevado o los habían
matado, y en cualquier caso los habrían dejado morir. Una mujer le dijo a mi conocido polaco que
varios hombres de la Gestapo habían entrado en la maternidad judía, se habían llevado a los recién
nacidos, los habían puesto en un saco, habían salido y los habían echado a un coche fúnebre. Los
malvados no se conmovieron con el llanto de los niños ni con las quejas desgarradoras de las madres.
Aunque casi no se pueda creer, fue así. Dos de esas bestias estuvieron ayer junto a mí en un tranvía.
Llevaban un látigo en la mano y volvían del gueto. Me hubiera gustado empujarlos bajo las ruedas del
tranvía.
Qué cobardes somos: pensamos que estamos por encima de todo esto pero dejamos que
ocurra. También nosotros seremos castigados por ello. Como lo serán nuestros hijos, inocentes,
porque al permitir que se cometan tantos crímenes estamos colaborando.

Después del 21 de agosto de 1942

La mentira es el peor de todos los males. Cualquier otra cosa diabólica viene de ahí. Y también a
nosotros nos han mentido; constantemente se engaña a la opinión pública. No hay una sola página de
periódico que no contenga mentiras, ya trate de asuntos políticos, económicos, históricos, sociales o
culturales. Se deforma la verdad en todas partes, se distorsionan los hechos, se retuercen hasta
convertirlos en lo contrario de lo que son. ¿Puede salir bien esto? No, las cosas no pueden seguir así,
por el bien de la naturaleza humana y de la libertad de espíritu. Los mentirosos y quienes distorsionan
la verdad deben perecer y ser privados de su capacidad de gobernar a la fuerza, y entonces volverá ahaber espacio para una humanidad más libre y noble.

1 de septiembre de 1942

¿Por qué ha tenido que ocurrir esta guerra? Porque había que mostrar a la humanidad adonde la
estaba llevando su impiedad. Primero el bolchevismo mató a millones de personas diciendo que lo
hacía para introducir un nuevo orden mundial. Pero los bolcheviques sólo pudieron actuar como lo
hicieron porque se habían apartado de Dios y las enseñanzas cristianas. Ahora el nacionalsocialismo
está haciendo otro tanto en Alemania. Prohíbe a la gente practicar su religión, se educa a los jóvenes
sin inculcarles creencias, se combate a la Iglesia y se le quitan sus propiedades se aterroriza a
cualquiera que piense de modo diferente, se degrada el carácter libre del pueblo alemán, convirtiendo a
sus componentes en esclavos aterrados. Se les aparta de la verdad. No pueden desempeñar ningún
papel en el destino de su nación. Ahora no existen los mandamientos contra el robo, el asesinato o la
mentira si son contrarios a los intereses personales de la gente. Esta negación de los mandamientos
divinos conduce a todas las demás manifestaciones de la codicia: enriquecimiento indebido, odio,
engaño, desenfreno sexual, que llevan a la esterilidad y perdición del pueblo alemán. Dios permite que
ocurra todo esto, deja que esas fuerzas tengan poder y consiente que perezcan tantos inocentes para
mostrar a la humanidad que sin Él no somos más que animales en lucha, convencidos de que
debemos destruirnos. No atendemos el mandato divino: «Amaos los unos a los otros». Muy bien, dice
Dios, probad entonces el mandato del demonio: «Odiaos los unos a los otros». Conocemos el episodio
del Diluvio por las Sagradas Escrituras. ¿Por qué tuvo la primera raza de los hombres un final tan
trágico? Porque habían abandonado a Dios y debían morir, fueran culpables o inocentes. Sólo ellos
tenían la culpa de su castigo. Y hoy ocurre lo mismo.

6 de septiembre de 1942

Un oficial de la Unidad de Comando Especial que participaba en el certamen de esgrima me ha
contado las barbaridades cometidas por esa unidad en la ciudad de Sielce, un centro administrativo.
Estaba tan asqueado e indignado que se olvidó por completo de que entre nuestros acompañantes,
bastante numerosos, había un cargo destacado de la Gestapo. Un día sacaron a los judíos del gueto y
los llevaron por las calles: hombres, mujeres y niños. A una parte de ellos los fusilaron allí mismo, a la
vista de los alemanes y la población polaca. Dejaron a algunas mujeres sangrando y retorciéndose bajo
el sol del verano, sin prestarles ayuda. A los niños que se habían escondido los arrojaban por las
ventanas. Después condujeron a esos miles de personas a una pla2a próxima a la estación, donde
supuestamente había trenes preparados para llevárselos. Les hicieron esperar allí tres días bajo el
calor del verano, sin comida ni agua. Si alguien se ponía en pie le disparaban en el acto, también a la
vista de todos. Luego se los llevaron: doscientas personas hacinadas en un vagón de ganado con
capacidad para cuarenta. ¿Qué ocurrió con ellos? Nadie quiere reconocer que lo sabe, pero no se
puede ocultar. Cada vez son más las personas que consiguen escapar y relatan cosas espantosas. El
sitio se llama Treblinka y está al este del territorio polaco bajo dominio alemán. Allí descargan los
vagones; mucha gente llega ya muerta. Todo está rodeado de muros y los vagones entran allí para
descargar. Los muertos se apilan junto a las vías del tren. Cuando llegan, los hombres sanos tienen
que llevarse los montones de cadáveres, cavar fosas y cubrirlas de tierra una vez llenas. Luego los
fusilan a ellos. Los hombres que llegan en los transportes sucesivos se encargan de sus predecesores.
Los millares de mujeres y niños tienen que desnudarse, y luego los conducen a una cabaña móvil,
donde los gasean. La cabaña se coloca sobre un foso y tiene un mecanismo que abre una de las
paredes y levanta el suelo, para que los cadáveres caigan al foso. Lleva mucho tiempo funcionando.
Allí reúnen a infortunados de toda Polonia. A algunos los matan en el acto porque no hay capacidad de
carga suficiente, pero si son demasiados se los llevan. Toda la zona de Treblinka está envuelta en el
espantoso hedor de los cadáveres. Mi confidente se enteró de todo esto por un judío que consiguió
escapar con otros siete misioneros y ahora vive en Varsovia; me han dicho que hay bastantes de ellos
en la ciudad. Mostró a mi conocido un billete de veinte zlotys que le había sacado del bolsillo a un
cadáver; envolvió muy bien el billete para que no perdiera el hedor de los cadáveres y le sirviera de
recordatorio constante para vengar a sus hermanos.

Domingo, 14 de febrero de 1943

El domingo, día en que uno puede abandonarse a sus pensamientos, y olvidar el ejército y sus
exigencias, afloran todas las ideas que ocultamos en el subconsciente. Estoy muy preocupado por el
futuro. Cuando vuelvo los ojos hacia el periodo de la guerra no puedo entender de ningún modo cómo
hemos sido capaces de cometer tantos crímenes contra civiles indefensos, contra los judíos. Me
pregunto una y otra vez cómo ha sido esto posible. Sólo puede haber una explicación: quienes daban
las órdenes y permitían que ocurriera, han perdido por completo el sentido de la decencia y la
responsabilidad. Son impíos consumados, enormes ególatras, despreciables materialistas. Cuando el
verano pasado se cometieron los terribles asesinatos en masa de judíos, con la matanza de tantas
mujeres y niños, estuve casi seguro de que perderíamos la guerra. Carecía de sentido una guerra que
tal vez se habría justificado en algún momento por una búsqueda de la subsistencia y el espacio vital;
había degenerado en una carnicería masiva e inhumana que niega todos los valores culturales y no se
puede justificar ante el pueblo alemán: será condenada enérgicamente por la nación en su conjunto.
Las torturas a los polacos detenidos, la muerte a tiros de los prisioneros de guerra y el trato bestial que
se les dispensa tampoco podrán justificarse nunca.

16 de junio de 1943

Esta mañana vino a verme un joven. Conocí a su padre en Obersig. El joven trabaja aquí en un
hospital de campaña y ha presenciado cómo tres oficiales de la policía alemana mataban a un civil. Al
pedirle los papeles, averiguaron que era judío: lo llevaron hasta un portal y le dispararon. Despojaron
del abrigo al cadáver y lo dejaron allí tirado.
Otro relato de un testigo presencial, en este caso judío: «Estábamos en un edificio del gueto.
Llevábamos siete días encerrados en el sótano. El edificio se incendió, las mujeres salieron corriendo y
los hombres hicimos lo mismo; a algunos de los nuestros les dispararon. Luego nos condujeron al
Umschlagplatz y nos metieron en vagones de ganado. Mi hermano tomó veneno; nuestras esposas
fueron llevadas a Treblinka, donde las incineraron. A mí me enviaron a un campo de trabajo. Nos
trataban muy mal, apenas nos daban de comer y teníamos que trabajar mucho». Este hombre había
escrito a sus amigos para decirles: «Enviadme veneno. No puedo soportar esto. Muere tanta gente…».
La señora Jait trabajó durante un año como criada para el servicio secreto. A menudo vio de qué
forma espantosa trataban sus miembros a los judíos. Los golpeaban salvajemente. A uno lo tuvieron
todo un día de pie sobre un montón de carbón, sin ropa de abrigo y con un frío terrible. Un agente del
servicio secreto que pasó por allí lo abatió a tiros. Innumerables judíos han muerto así, sin razón, sin
sentido. Es incomprensible.
Ahora están exterminando a los pocos habitantes judíos que quedan en el gueto. Un oficial de
las SS se vanagloriaba de haber disparado contra los judíos que salían de los edificios en llamas. Todo
el gueto ha sido arrasado con fuego.
Estos salvajes piensan que así vamos a ganar la guerra, pero en realidad la hemos perdido con
el espantoso asesinato en masa de los judíos. Nos hemos cubierto de una vergüenza que no se puede
borrar; es una maldición imposible de levantar. No merecemos perdón; todos somos culpables.
Me avergüenza ir a la ciudad. Cualquier polaco tiene derecho a escupirnos. Todos los días
matan a algún soldado alemán. La situación empeorará y no podremos quejarnos, porque no
merecemos otra cosa. Cada día que estoy aquí me siento peor.


6 de julio de 1943

¿Por qué permite Dios esta terrible guerra con sus espantosos sacrificios humanos? Pensemos
en los aterradores ataques aéreos, el tremendo miedo de la población civil, el inhumano trato a los
prisioneros en los campos de concentración, el asesinato de cientos de miles de judíos por los
alemanes. ¿Es culpa de Dios? ¿Por qué no interviene, por qué permite que ocurra todo esto? Podemos
plantear tales preguntas pero no obtendremos respuesta. Estamos dispuestos a culpar a otros, pero no
a nosotros mismos. Dios permite que se haga presente el mal porque la humanidad se ha sumado a él,
y ahora estamos comenzando a notar la carga de nuestro propio mal y nuestras imperfecciones.
Cuando los nazis llegaron al poder no hicimos nada para detenerlos; traicionamos nuestros ideales.
Los ideales de la libertad personal, democrática y religiosa.
Los trabajadores estuvieron de acuerdo con los nazis, la Iglesia se limitó a observar, las clases
medias fueron demasiado cobardes para actuar y lo misino ocurrió con los intelectuales. Permitimos
que se abolieran los sindicatos, se reprimieran las confesiones religiosas, no hubiera libertad de
expresión en la prensa ni en la radio. Por último, dejamos que nos llevaran a la guerra. Nos avinimos a
que Alemania careciera de representantes democráticos y nos conformamos con unos fantoches que
en realidad no tienen voz ni voto. No se pueden traicionar los ideales impunemente, y ahora todos
hemos de asumir las consecuencias.

5 de diciembre de 1943

En el último año hemos asistido a un revés tras otro. Ahora estamos combatiendo en el Dniéper.
Se ha perdido toda Ucrania. Aunque conserváramos lo que todavía nos queda en esa zona, no hay
posibilidad de beneficio económico. Los rusos son tan fuertes que nos expulsarán de su territorio. Ha
comenzado la ofensiva británica en Italia y también allí estamos entregando posición tras posición. Las
ciudades alemanas están siendo destruidas una a una. Ahora le toca a Berlín y en Leipzig hay ataques
aéreos desde el 2 de septiembre. La guerra submarina es un fracaso total. ¿Qué piensa la gente que
todavía habla de victoria? No hemos sido capaces de ganar para nuestra causa ni uno solo de los
países que hemos ocupado. Nuestros aliados, Bulgaria, Rumania y Hungría sólo pueden proporcionar
ayuda local. Se contentan con poder afrontar sus problemas internos y están preparándose para que
las potencias enemigas ataquen sus fronteras. No pueden hacer nada por nosotros, salvo a través de
la ayuda económica, como ocurre con las entregas de petróleo de Rumania. En el aspecto militar su
ayuda es prácticamente inútil. Desde la caída del gobierno fascista en Italia, ese país no es para
nosotros más que un teatro de guerra fuera de las fronteras del Reich en el que, por el momento, se
sigue combatiendo.
La superioridad de fuerzas de nuestros enemigos nos deja sin armas. Todo el que intenta
permanecer en pie es derribado. Dado el actual estado de cosas, ¿cómo podemos pensar todavía en
volver la guerra a nuestro favor?
Tampoco en Alemania cree ya nadie que vayamos a ganar la guerra pero, ¿qué salida hay? No
habrá revolución en el interior porque nadie tiene el valor de arriesgar su vida haciendo frente a la
Gestapo. ¿Y de qué serviría que unos pocos lo intentaran? La mayoría del pueblo estaría de acuerdo
con ellos, pero es una mayoría sojuzgada. No ha habido oportunidad en los últimos diez años de que ni
siquiera algunos individuos, mucho menos la población en su conjunto, expresen su libre albedrío. La
Gestapo la habría emprendido a tiros de inmediato. Y no podemos esperar que se produzca un golpe
militar. El ejército se deja conducir a la muerte de buen grado y también en él se reprime cualquier idea
de oposición susceptible de desencadenar un movimiento de masas. Así que hemos de apurar la copa
hasta las heces. La nación entera tendrá que pagar todos estos errores y desdichas, todos los
crímenes que hemos cometido. Muchos inocentes deberán ser sacrificados todavía antes de que se
puedan borrar nuestras culpas. Es una ley inexorable tanto en las cosas grandes como en las
pequeñas.

1 de enero de 1944

Los periódicos alemanes informan indignados de la confiscación y traslado de tesoros artísticos
por parte de los estadounidenses en el sur de Italia. Es absurdo protestar así por los delitos de otros
pueblos: como si el enemigo no supiera que nos hemos apropiado de obras de arte en Polonia para
exportarlas o que hemos destruido otras en Rusia.
Aun cuando adoptemos el punto de vista de «los aciertos y errores de mi país» y aceptemos lo
que hemos hecho con ecuanimidad, semejante hipocresía está fuera de lugar y sólo sirve para
ponernos en ridículo.

11 de agosto de 1944

El Führer va a promulgar un decreto ordenando que sea arrasada Varsovia. La operación ya ha
comenzado. Todas las calles que la sublevación había liberado están siendo destruidas con fuego. Los
habitantes tienen que salir de la ciudad y se van a millares hacia el oeste. Estamos abandonando una
plaza que hemos retenido durante cinco años, ampliándola y diciendo al mundo que era una
confiscación de guerra. Aquí se han usado métodos monstruosos. Hemos actuado como si fuéramos
los amos y nunca fuéramos a irnos. Ahora no podemos evitar ver cómo se pierde todo, estamos
destruyendo nuestro propio trabajo, todo aquello de lo que estaba tan orgullosa la administración civil,
que consideraba que sus principales tareas culturales estaban aquí y quería demostrar al mundo lo
necesarias que eran. Nuestra política en el este está en quiebra y le estamos erigiendo un último
monumento con la destrucción de Varsovia.

Wilm Hosenfeld

Diario

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