Valores perdidos. Razonamientos necesarios.

La democracia ateniense y la democracia moderna.

“¿Por qué acudir a las asambleas? ¿Qué va a cambiar hacerlo?” se preguntan muchos.

Los que opinan, escuchan y se interesan por saber acerca de como es la sociedad saben que en ella siempre se mantiene una tensión generada por las discrepancias de cada individuo para con las opiniones del resto. Esa tensión es natural y permanente y se debe aceptar para poder canalizarla bien y de un modo realmente productivo. El miedo, y no otra cosa, ha hecho que sacrifiquemos nuestros valores democráticos. En la sociedad actual se ve la actividad política del ciudadano como sinónimo de conflicto pero no ha de ser así necesariamente. El despertar que ha supuesto el 15M nos ha hecho ver a muchos nuestra relevancia como individuos en esta sociedad y nuestro deseo de cambio para poder sentir que realmente somos escuchados. Se está intentando recuperar esos valores perdidos de una democracia en la que sin lugar a dudas debemos caber todos, sea cual sea nuestra tendencia ideológica, para poder hacer frente a problemas que nos afectan a todos, sea cual sea nuestra tendencia ideológica. Incordiad, incordiad y suscitad la curiosidad de vuestros vecinos para que se acerquen a hablar y escuchar, siempre siendo de forma voluntaria porque es la voluntad del individuo lo importante y lo que conforma todo esto. NO ES MOMENTO PARA LA TIMIDEZ! NO LO DUDEIS! DAD VUESTRA VOZ EN LAS ASAMBLEAS SI CREEIS EN LA DEMOCRACIA! AHORA PODEIS MARCAR LA DIFERENCIA! POR EL CAMBIO!

“[…] Lo crucial en ella (la democracia en Atenas) era el derecho a hablar francamente que

poseía cualquiera que lo deseara, sin temor alguno a represalias de los poderosos. La democracia, descubren los atenienses, no consiste solo en la representación política a través del voto, sino también en la participación libre y sin peligro en la conversación pública. Se legitima así la discrepancia en nombre del respeto debido a todo hombre libre como miembro del cuerpo político, este o no esté conforme con las decisiones  de los demás o con las leyes a las que, en todo caso, debe obedecer[i], pero que puede intentar cambiar. Tener la voz y la palabra sin riesgo para la seguridad y paz propias y las de nuestros allegados y familia puede parecer, veintiséis siglos después, algo elemental. A pesar de que las tiranías y totalitarismos del siglo XX y aún del siglo  XXI muestran la grandeza de semejante innovación en la Atenas del siglo VI a.C., conviene recordar su alcance y su originalidad. Representa la atribución de dignidad e inviolabilidad a todos los ciudadanos, por el mero hecho de ser miembros de una comunidad política.

Como quiera que el tamaño de la Ecclesía era excesivo para que funcionara eficazmente, había un Consejo de los Quinientos que venían a ser el parlamento de la ciudad, y que era el que normalmente iba legislando y marcando las directrices políticas. Junto a estos dos cuerpos políticos hallamos el Areópago, especie de cámara alta parlamentaria, reminiscencia aristocrática, y los tribunales con jurados populares. Estas instituciones, en sí, no harían de Atenas una democracia, pues todos los estados griegos, fuere cual fuere sus constitución, poseían asambleas deliberantes. Lo importante del estado ático era la forma de acceso del ciudadano al poder y su participación en la vida general de la sociedad. En efecto, el ateniense entendía que la participación activa en la vida política era una de las atribuciones de todo ciudadano normal. El hombre ajeno a la política – apático o indiferente – era considerado imperfecto y vicioso. La actividad pública era, pues, una virtud.

Era también esencial que el poder, además de responder a los deseos de los ciudadanos, estuviera distribuido entre ellos equitativamente. . Con este fin, las leyes atenienses preveían que los cargos públicos fuesen repartidos echándose a suertes, en su mayor parte. He aquí una peculiaridad descollante de la democracia ateniense, muy diferente de la idea más moderna de democracia representativa, es decir, mediante votación. A través de esta lotería política, cualquier ciudadano alcanzaba un puesto de responsabilidad, y el privilegio o las añagazas de politiqueo parecen ser eliminadas en parte. Por otra parte, Atenas no se constituye en un gobierno centralista, a pesar de su pequeñez, sino en un conjunto de barrios, mal llamadas tribus o demos, con autonomía administrativa, y de donde salen los candidatos para la Asamblea de los Cincuenta, una sección reducida del Consejo de los Quinientos, y que poseía aún más capacidad de maniobra y eficacia. Este Consejo reducido tenía un presidente, quien, por serlo, ocupaba la autoridad suprema de la ciudad-estado. Tal honor sólo podía poseerse durante un día y una sola vez en la vida. Hasta ese extremo de sana desconfianza llegó la actitud del pueblo ateniense frente al poder prolongado de una sola persona.

El funcionamiento del Consejo dependía de que la Asamblea popular le permitiera actuar, para lo cual tenía que ganarse la voluntad y opinión públicas.

Pero el pueblo ejercía su control sobre el gobierno más claramente a través de sus tribunales. Éstos estaban formados con individuos nombrados por los demos y podían juzgar sin apelación a cualquier ciudadano. Así, aquellos que poseían cargos de responsabilidad podían ser perseguidos criminalmente y castigados por un tribunal.

Aun antes de ocupar un cargo, los tribunales populares podían someter a examen al candidato. Los atenienses estaban muy conscientes de la identidad entre pueblo y tribunales, y muy celosos de que la fuerza de estos no disminuyera, única manera de que su democracia subsistiera con toda su delicada estructura.

Hay enormes diferencias entre la democracia helénica y la de nuestros días. Aunque el ateniense desconocía los derechos de los no ciudadanos (donde también se incluía a la mujer, hay que añadir[ii])  o de los esclavos, las democracias contemporáneas en cambio, son a menudo mucho mas restringidas en la capacidad de participación auténtica de sus ciudadanos en el poder público. Además, con todos sus defectos, Atenas establece unos principios indiscutidos por todo hombre que se considere demócrata tanto hoy como entonces: responsabilidad del hombre público ante la ley, limites de competencia, límites temporales en el ejercicio de su cargo, soberanía popular, obediencia cívica a la ley promulgada, vida política activa de toda persona responsable. Detrás de todo esto hay un conjunto de actitudes racionales que sostienen el edificio político. Entre ellas está la validez suprema de la discusión política y pública de los asuntos comunes – la conversación política pública – y la desconfianza en el uso arbitrario de la fuerza bruta. La democracia deliberativa, con su discusión y diálogo públicos implica una fe en el libre examen de los problemas comunes. El ágora de Atenas fue en principio el lugar del mercado, y más tarde el de las reuniones de la asamblea popular. Es además el sitio donde día tras día los ciudadanos se reúnen en corros inoficiales y deliberan incansablemente sobre todo aquello que les parece pertinente. Esto, combinado con la idea de la voluntariedad esencial de la participación  política, hace que se desvanezca poco a poco el predominio de la coerción y la violencia, sustituidas por los principios de la cooperación y respeto a la ley. Surge así una nueva forma de organizar la vida en común basada en la idea del “gobierno por palabra”, idea que excluye, en la medida de lo posible, tanto la arbitrariedad política como el peligro a la tiranía. Ser ciudadano es tener voz además de voto.”

–          GINER, S. “La ciudad de los lacedemonios y la ciudad de los atenienses”. Historia del pensamiento social. 12ª. Madrid: Ariel, 2008. P. 23 -24


[i] Sobre la ilegalidad del movimiento: Artículo 21 de la constitución Española – 1. Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa.

[ii]  Pequeña mención a la crítica feminista en la historia.

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